Estabamos todos nosotros fascinados, corríamos como una desesperada exhalación haciendo lo único que podíamos: Movernos. Y es por eso que se volvía honrado y sincero. Dejando desfiguraciones y tiempos atareados atrás, sobrepasamos el climax después de cruzar esa señal de neón del estereotipado motel. Los huesos de nuestras caras dejaron de chillar, admitieron que estábamos bien y entendieron que no había preocupaciones más que el corazón rebelde y trémulo, codicioso por latir, ávido por vivir.
El jazz transitó laberínticos pasajes hasta alcanzar la temperatura ezquizofrénica de fortissimos estallidos de enmarañados saxos. El cuadrúpedo metálico arcaico que conducía nuestros delirios enajenados por la eterna carretera, comenzó a tener escalofríos al fantasear también con esa psicodelia en la que escuchabamos colores y divisabamos olores.
El ritmo Presto con brio y fuoco era marcado por los besos de María y en ese momento él tenía pleno derecho a morir de la exquisita muerte de su amor total por ella. Abrió los ojos; A dónde podía conducir esa excéntrica insania? A ninguna parte. Silbaban sus alientos galopantes como jinetes de las profundidades. Ninguno quería decidir quién era y menos qué es lo que iba a hacer. Tan solo tambaleaban frenéticamente en <<la gran máquina>> suplicando la perenne colisión de sus labios. Así es la noche, eso produce y no ofrece más que el propio caos.
Sin embargo algo los perseguía con mayor celeridad por la autopista de sus vidas e innegablemente los apresaría. Sus gemidos y jadeos sólo perecerían ante la muerte misma al igual que sus azucarados vómitos arrebatados de predilección por el otro. Cómo se fuga uno del óbito cuando se encuentra en el último trance? Porque por más fastidioso que resulte, la solemnidad de la muerte solamente puede reproducirse en las explosiones del corazón al amar, es la misma ceremonia. Y la única huida es seguir moviéndose, con ese espíritu de anguila voltaica que nos electrifica y nos mantiene destellando, rebosados en María y en él.
El jazz transitó laberínticos pasajes hasta alcanzar la temperatura ezquizofrénica de fortissimos estallidos de enmarañados saxos. El cuadrúpedo metálico arcaico que conducía nuestros delirios enajenados por la eterna carretera, comenzó a tener escalofríos al fantasear también con esa psicodelia en la que escuchabamos colores y divisabamos olores.
El ritmo Presto con brio y fuoco era marcado por los besos de María y en ese momento él tenía pleno derecho a morir de la exquisita muerte de su amor total por ella. Abrió los ojos; A dónde podía conducir esa excéntrica insania? A ninguna parte. Silbaban sus alientos galopantes como jinetes de las profundidades. Ninguno quería decidir quién era y menos qué es lo que iba a hacer. Tan solo tambaleaban frenéticamente en <<la gran máquina>> suplicando la perenne colisión de sus labios. Así es la noche, eso produce y no ofrece más que el propio caos.
Sin embargo algo los perseguía con mayor celeridad por la autopista de sus vidas e innegablemente los apresaría. Sus gemidos y jadeos sólo perecerían ante la muerte misma al igual que sus azucarados vómitos arrebatados de predilección por el otro. Cómo se fuga uno del óbito cuando se encuentra en el último trance? Porque por más fastidioso que resulte, la solemnidad de la muerte solamente puede reproducirse en las explosiones del corazón al amar, es la misma ceremonia. Y la única huida es seguir moviéndose, con ese espíritu de anguila voltaica que nos electrifica y nos mantiene destellando, rebosados en María y en él.
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