Hola, tal vez me recuerden de sus vidas, soy yo. No he muerto, sigo viviendo y cosas así.
Escribir siempre fue de mis pasatiempos además de contemplar perdidamente
Cuenta el cuento que existían dos (no tan) jovenes hermanos llamados Plim y Plom. Ambos vivían en un gigante melocotón, tan grande que limitaba por un lado con el océano sin límites dividido por 0 y al otro con el precipicio que rugía del planeta que aullaba con fuego eterno.
Cada uno de los hermanos tenía una serie de rutinas en el día. Plim por un lado, bastante más joven que su hermano, solía subir la escalera del melocotón-hogar mientras que el de Plom por otro, bastante más viejo que su hermano, leía los infinitos libros de la infinita biblioteca. (Término que ambos hermanos usaban para adjetivar la biblioteca porque era, literalmente, infinita.)
Ambos desayunaban juntos, usualmente, pedazos del melocotón ("La gran ventaja de vivir dentro de uno" decía su madre cuando no se encontraba con ninguna receta que preparar) Luego cada uno de los hermanos se retiraba a sus respectivos quehaceres. Plim subía la escalera y Plom leía a raudales. Y al caer la noche ambos cenaban a menudo luciérnagas a modo de guirnaldas. Plom siempre llevaba sus libros a la mesa, usaba un ojo para leer y los otros 2 para comer. No le hacía gracia sufrir nuevamente una malafortuna por las luciérnagas guirnaldas jorobadas que se estancaban en su ojo.
Plom siempre hablaba de los libros que había leído durante el día, yendo al ejemplo práctico "Aprenda a hablar mai-chao en 38 días", un libro de aprendizaje fenozóico que constaba de 1 doble palabra: "mai-chao". Que se pronunciaba con distintas entonaciones, tonalidades, énfasis, matices, blablabla según lo que se quisiera decir. Plim escuchaba siempre fascinado lo que su hermano compartía (No era la comida).
Plim siempre hubiera querido leer pero le resultaba imperioso subir diariamente su escalera (Y sí que lo era). Pero Plim, a diferencia de lo que indican muchos historiadores, no trepaba para levantar su trasero, de hecho Plim no tenía trasero, fisiológicamente hablando. No, nada de eso, Plim subía porque quería llegar al sol alguna vez. Su positivamente comprensible razón provenía de un comentario que alguna vez Plam, su padre, había hecho cuando él apenas era un bebé de 135 años. "Plim esa escalera no es ordinaria ni de madera sino que al final de ella encontrarás el sol".
Para Plom eso de subir escaleras era una estupidez y su padre era un neo-buldero vendiendo esas historias. Cada vez que Plim le mencionaba sus avances en subidas Plom asentía de forma autómata. Él como todo ser racional de 4 patas, 3 ojos y 2 bocas, sabía que el sol estaba hecho de girasoles avanzados que desprendía un olor a luz muy fuerte y era grande como 145 melocotones gigantes, pero no se lo necesitaba decir a Plim. "Ya madurará. Todos los vivos, muertos y semimuertos lo hacen tarde o temprano" pensaba.
Un día, Plim se encontraba descansando en los peldaños, previo a descender hasta el melocotón-hogar, cuando se le acercó un extraño animal alado. Era tan parecido a un águila como lo era a un elefante. Plim pensó que seguramente Plom sabría cómo llamarlo, pero, dado que no estaba su hermano para preguntarle, decidió darle el nombre de Aguilofante. El animal lo miró con sus refinados e inteligentes ojos y le mostró todo lo que había visto en su vida. Vio ráfagas de recuerdos; un nido, otros pequeños Aguilofantes y algo amarillo… muy grande… tan grande como 145 melocotones. Era el sol. Plim le agradeció haciéndole cariño en sus colmillos y corrió agitado escalera abajo para contarle a Plom lo que había sucedido.
Plim encontró a su hermano en lo habitual, leyendo libros tan grandes como él. Plim le explicó todo lo que había visto. El sol estaba en el fin de la escalera! Plom simplemente lo ignoró, tomó un libro titulado “El Sol, a prueba de imbéciles”, se lo dio y se fue a dormir. Plim, temerario, decidió confiar en el Aguilofante, y preparó sus provisiones para la aventura del sol, necesitaría muchas luciérnagas.
Víveres en mano y en menos de lo que canta un chimamorra Plim se largó a por su gran subida. Dejó de percibir la noción del tiempo al cabo de un rato imposible de precisar ya que Plim no estaba en todos sus cabales. Escalones iban y venían, mientras el viaje parecía interminable y nada parecía dar esperanza, Plim destacó que ya no estaba rodeado por el gigantesco melocotón sino algo esponjoso y frío. Y como si fuera poco, ya no estaba solo, muchos pequeños, pseudo-medianos y grandes Aguilofantes lo rodearon cual pluma en rayuela. Poco faltaba.
Majestuoso, increíble, inimaginable, impensable, increíble (de nuevo), eran muchas de las palabras que pasaron por la cabeza de Plim al tratar de describir el sol. Al final decidió quedarse con “amarillo”. Pero no era un amarillo cualquiera, era un amarillo tan amarillo que luego de un rato ya no parecía amarillo. Plim decidió llamar a este color “amarillo-amarillo-amarillo-no tan amarillo”. Tan extasiado estaba por el sol, que se dijo que se lo llevaría a Plom, pero no para demostrarle que tenía razón, sino para regalarle algo que él quizá jamás podría ver por sí solo.
Pasaron meses, quizá décadas o días, hasta que Plim volvió. Estaba tan cansado que ni se preguntó cómo había logrado entrar el sol en su melocotón-hogar, lo único importante es que lo había logrado. Al principio todo parecía estar igual; los platos en el mismo lugar, su cama en el mismo rincón superior de siempre, las ventanas igual de ventanas, y lo más importante: el piso seguía estando abajo y el techo arriba. “Cuando el suelo y el techo se inviertan, habremos de perder la cabeza” es lo que solía decir su sabia madre Plem.
Entró a la Infinita Biblioteca esperando encontrar a Plom, cuando notó algo raro. El cúmulo de libros en los que solía leer su hermano no era mayor que un par de metros, bastantes para cualquier ser vivo, muerto o semimuerto del país, pero nada comparado con lo que veía ahora. La montaña de libros a medio leer era tan alta que se preguntó si habría roto el cielo. Por primera vez, Plim pensó en cuánto tiempo estuvo afuera, buscando el sol. Llamó a Plom, convencido de que estaría en alguna parte debajo de ese mar de letras. Pasados unos segundos de silencio, una voz cansada brotó de algún punto. Era él. Emocionado Plim le señaló lo que le había traído, el sol, aquella bola gigante que vería su hermano por primera vez. Pero Plom no veía. Entre él y el sol habían infinitos libros que se habían acumulado con el tiempo, textos que podían describir al sol a la perfección, pero que jamás sentirían lo que es estar en su presencia, su estómago jamás experimentaría esos retorcijones de instinto. Como Plom, quien no vería el sol, ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Plim volvió a dejar al sol en su lugar, esta vez sin la ayuda de Aguilofantes, sólo siendo elevado por el mar salado de lágrimas que brotaba de sus ojos.
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